LA VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE

No hay existencia para lo que no existe, ni hay inexistencia para lo que existe.”

Del segundo capítulo del libro “Bhagavad Gita
Hablar sobre el misterio de la muerte es un tema que ha sido abolido en nuestra cultura, a muy poca personas les interesa escudriñar sobre este enigma. Sin embargo, ha pesar de la incertidumbre, que genera nadie absolutamente nadie puede escapar a sus efectos. Entonces porque no investigar para adquirir algún conocimiento que nos de sosiego a la hora de enfrentarnos con esta realidad. Pensamos, que la muerte es desaparición y por lo tanto nos infunde miedo. Pero tal como existían profetas en la antigüedad, actualmente existen seres humanos que han alcanzado tan alto nivel espiritual, que pueden ver mas allá y darnos un vislumbre de lo que ocurre en el otro lado. Aquí les presento un resumen de los que nos dice la Teosofía acerca de esta transición.

El temor a la muerte está inspirado no tanto por la expectación definida de algo terrorífico, sino por un confuso sentimiento de lo incierto, por el horror a un abismo de ociosidad. … El hecho de que el hombre, después de la muerte, no se da cuenta inmediatamente de sus errores, y que, debido a su falta de capacidad para corregirlos a la luz de la verdad, frecuentemente habrá de sufrir mucho. El hombre ordinario, carente de conocimientos, no comprende las posibilidades de la vida después de la muerte, y pierde así muchas oportunidades de servicio y de progreso.

Si bien las leyes de la naturaleza nos están llevando siempre consigo, sepámoslo o no, sin embargo, si lo sabemos, podemos cooperar con ellas con gran ventaja de nuestra parte. Esto no podríamos hacerlo estando en las tinieblas de la ignorancia. Saber, es como caminar a plena luz; y comprender las leyes de la naturaleza es adquirir el poder de acelerar nuestra evolución, aprovechándonos de aquellas Leyes que apresuran nuestro crecimiento y evitando la acción de aquellas otras que lo retardarían.

Con el conocimiento de la existencia después de la muerte, un hombre se da cuenta de la verdadera proporción que existe entre el fragmento físico de la vida y el resto de ella, por lo cual no pierde su tiempo en trabajar solamente para el período físico, que es como la décima o la vigésima parte de toda una vida entre dos encarnaciones.
Igualmente, cuando el hombre llega a lo que se llama el mundo astral, o purgatorio después de la muerte, no se siente alarmado, puesto que comprende las condiciones de su ambiente y sabe cuál es la mejor manera de trabajar en ellas, y así, lo hace con valor y confianza.


Aún el hombre que hubiere escuchado las verdades teosóficas tan sólo en una conferencia, al encontrarse en el mundo del más allá de la muerte, se dará cuenta de la exactitud general de las enseñanzas, y tratara de recordar las recomendaciones que escuchó acerca de la conducta que debe seguirse, y, teniendo por lo menos un punto de contacto con lo conocido, puede evitarse mucho del malestar, turbación y temor que sienten otros que se hallan en completa ignorancia.

Pero la mayor de las ventajas de tal conocimiento es que él se sienta con suficiente fortaleza para tender una mano de ayuda a otros y generar así buen karma para él.
Hay una gran cantidad de pesar por completo innecesario, de terror y de angustia que la humanidad, como un todo, ha sufrido y sufre aún, a causa de la ignorancia y de la superstición acerca de la muerte que ella considera como un salto formidable y terrible hacia un abismo desconocido.

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La muerte no es más que desechar el cuerpo físico, la vestidura externa del Ego o sea del hombre real, el cual continúa entonces viviendo en su cuerpo astral hasta que se agote la fuerza generada durante su vida terrestre por sus emociones y pasiones. Y tiene que permanecer allí hasta que se agote la fuerza de los pensamientos egoístas que hubiere engendrado durante sus vidas física. Y así la muerte no es otra cosa que nacer en otra región; es un proceso repetido de quitarse vestiduras, pues el hombre inmortal sacude de sí, una tras otra, las envolturas externas para pasar a un estado superior de conciencia.

Los actos de morir, y entregarse al sueño son similares, excepto en muy pocos detalles. En ambos casos, el hombre se desliza fuera del cuerpo físico. Cuando se entrega al sueño, deja al cuerpo etéreo, o prana con la envoltura física sobre el lecho y él se separa dentro de su cuerpo astral.

Aquel se conserva con vida por las corrientes de vitalidad que fluyen a través de ambos; pero, a la hora de morir, él retira también consigo el doble etéreo.

El cuerpo físico, ya abandonado al desenfreno de las innumerables vidas que previamente estaban mantenidas en cohesión por el Alma que actuaba a través del doble etéreo, comienza a decaer y sus partículas pasan a formar otras combinaciones a medida que sus células y moléculas se desintegran.
Lo importante para él es darse cuenta de que en esta etapa qoe se está alejando firmemente hacia el mundo del Espíritu, su verdadero SER, y que su preocupación debe ser desprender sus pensamientos, lo más que le sea posible, de las cosas físicas y fijar su atención más y más en los asuntos espirituales que posteriormente lo ocuparán en los niveles Devachánicos.
Sin embargo, muchos seres sencillamente rehúsan tornar sus pensamientos hacia lo elevado; los asuntos terrenales fueron los únicos por los cuales tuvieron algún interés vital y así se aferran a ellos con desesperada tenacidad aún después de la muerte.
Por supuesto, la impetuosa fuerza de la evolución llega a ser demasiado potente para ellos y se ven arrollados por su corriente benéfica; empero, ellos luchan a cada paso, y se resisten, causándose no tan sólo molestias y sufrimientos innecesarios, sino también una seria demora en su progreso ascendente.

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Un hombre ordinario, al despertar en el plano astral después de la muerte, notará muy poca diferencia con aquello que le ha sido familiar en el mundo físico. El mundo astral se extiende a un poco menos de la distancia medía de la órbita de la luna, y los tipos de materia de las diferentes subdivisiones se interpenetran con perfecta libertad, siendo la tendencia general que la materia más densa se coloque hacia el centro, por lo cual si bien las varias subdivisiones no quedan una sobre otra como las cubiertas de una cebolla, el arreglo de la materia de aquellas subdivisiones participa algo de tal carácter.


Además, la materia astral interpenetra a la materia física como si ésta última no existiera; con todo, cada subdivisión de la materia física tiene una fuerte atracción por la materia astral de la subdivisión correspondiente.

De aquí que cada cuerpo físico tenga su contraparte astral y que el muerto pueda, por consiguiente, percibir su casa, su cuarto, sus muebles, sus parientes y amigos.

Los vivientes piensan del amigo muerto como si lo hubiesen perdido, pero aquel amigo, si bien incapacitado para ver los cuerpos físicos de los vivientes, ve sus cuerpos astrales, es decir, las contrapartes astrales correspondientes exactamente a los delineamientos de los cuerpos físicos, y así se da cuenta de la presencia de sus amigos, aunque no puede impresionarlos de ninguna manera cuando éstos se hallan despiertos, con su conciencia en el mundo físico, ni comunicarse con ellos puede leer sus pensamientos más elevados.

También puede mirar sus emociones por el cambio de color en sus cuerpos astrales. Los amigos, igualmente, cuando están dormidos, son conscientes en el mundo astral y pueden comunicarse con sus muertos tan libremente como durante la vida física, si bien generalmente olvidan todo una vez despiertos.

La muerte no cambia a un hombre en manera alguna; éste sigue siendo el mismo en todo respecto, excepto en haber perdido su cuerpo físico. Sus pensamientos, deseos y emociones, son exactamente las mismas, y su felicidad o desgracia dependen del grado en que lo hubiere afectado la pérdida de su cuerpo físico.
A menudo no cree él que está muerto, ya que mira sus antiguos objetos familiares y sus amigos alrededor de sí, pero empieza a darse cuenta de la realidad en cuanto ve que no siempre puede comunicarse con ellos. Les habla poco después de su muerte y parece como que ellos no lo oyen, trata de tocarlos, pero con sorpresa ve que no hace ninguna impresión en ellos.

Durante algún tiempo trata de persuadirse de que está soñando, pero gradualmente descubre que, después de todo, ya murió. Entonces, por regla general, empiezan los muertos a sentirse decepcionados de las enseñanzas que recibieron. Pero prontamente se encuentra el desencarnado con un protector astral o con algún otro muerto ya bien instruido y aprenderá por él que no hay causa alguna de temor y que hay una vida razonable que puede vivirse en este mundo nuevo lo mismo que en el que abandonó.

Todavía persisten sus deseos, y las formas que lo rodean serán en gran parte la expresión de tales deseo, pero la felicidades o contrariedades de su nueva vida dependerán principalmente de la naturaleza de aquellos deseos.
En su mayoría la gente se construye allí sus propios ambientes.

La vida astral es el resultado de todos aquellos sentimientos que tienen en sí el elemento del “Yo”. Si hubieren sido marcadamente egoístas, aportarán a su dueño condiciones de gran contrariedad en el mundo astral; si hubieren sido buenos y benévolos, aunque teñidos por pensamientos del “yo”, le aportarán una vida astral relativamente agradable, pero aún limitada.
En cambio, aquéllos pensamientos y sentimientos que hayan sido enteramente altruistas, producen su resultado en la vida del mundo mental; por consiguiente, tal vida en el mundo mental no puede producir más que bienaventuranza.

Pero un ebrio, o un sensual que durante, la vida física hubieren sido presa del vino o de la lujuria al grado de supeditar a su vicio toda razón y sentimientos de decencia o afectos de familia, se encontraran, después de la muerte, en las más bajas subdivisiones del mundo astral pues sus anhelos fueron tales que exigían un cuerpo físico para su satisfacción.
Esas ansias se manifiestan como vibración en el cuerpo astral, y mientras el hombre vivió en el mundo físico, la mayor parte de su fuerza se empleó en poner en movimiento las pesadas partículas físicas.

Pero hallándose en el mundo astral sin cuerpo físico para amortiguar y demorar la fuerza de las vibraciones del deseo, siente los apetitos tal vez centuplicados en su poder y sin embargo se mira completamente incapaz de satisfacerlos por falta del organismo físico; y así su vida es entonces un Verdadero infierno, el único infierno que existe.
Empero, él se halla cosechando el resultado perfectamente natural de su propia acción y ningún poder externo lo está castigando.
Tomemos ahora el caso de un hombre ordinario, incoloro, que no posea vicios particulares pero que se encuentra apegado, aún, a las cosas del mundo físico; cuyas ideas no hayan pasado más allá de la murmuración o no haya pensado en otras cosas que sus negocios o sus trajes, y cuya vida hubiere transcurrido en hacer dinero o en pasatiempos sociales.

El mundo astral lo llenará de fastidios pues le es imposible encontrar allí las cosas que ansia, ya que no existen en aquel mundo ni los negocios ni los compromisos ni los convencionalismos en los que se basa la sociedad del mundo físico.

Con todo, excepto para una pequeña minoría, la situación después de la muerte es para todos más feliz que sobre la tierra, puesto que desde luego ya no hay necesidad de ganarse él sustento diario.
El cuerpo astral no siente hambre, ni frío, ni sufre enfermedades; cada ser, en el mundo astral, por el sólo ejercicio de su pensamiento, podrá vestirse como guste. Por vez primera, desde su temprana niñez, el hombre se siente allí enteramente libre para emplear su tiempo en hacer exactamente lo que le plazca.


Las personas que tuvieren los mismos gustos y propósitos se agruparan, naturalmente, tal como lo hacen en él mundo físico; y nunca faltará ocupación provechosa para un hombre que abrigue intereses razonables, con tal de que éstos no requieran un cuerpo físico para su expresión, Un enamorado de las bellezas de la naturaleza podrá viajar rápidamente, a cientos de kilómetros por segundo, sin fatiga, hasta los más deliciosos parajes del mundo; otro cuyo goce sea el Arte, tendrá a su disposición las obras maestras del mundo entero, en tanto que el estudiante de ciencias encontrará abiertos todos los laboratorios del mundo; podrá visitar a todos los hombres de ciencia y captar sus pensamientos.

Para un ser que durante su vida terrenal hubiere hallado sus complacencias en acciones altruistas y en el trabajo por el bienestar de otros, este será un mundo de la más vivida alegría y del más rápido progreso.

Para un hombre que haya sido inteligente a la par que útil, que comprenda las condiciones de esta existencia no-física y se tome la molestia de adaptarse a ellas, se abre una espléndida perspectiva, de oportunidades tanto para adquirir nuevos conocimientos, como para efectuar útiles labores.

De hecho podrá él hacer mayor bien en pocos años de tal existencia astral que el que pudo haber hecho durante su vida física por larga que hubiere sido. Por consiguiente, el mundo astral está lleno de amplias posibilidades tanto para el júbilo cuanto para el progreso

Cuando se trata de personas que mueren a causa de la vejez o de una prolongada enfermedad, es casi seguro que el ansia de deseos terrenales ya se ha debilitado algo o mucho, y probablemente ya desecharon de sí las partículas más densas, de tal suerte que el hombre podrá encontrarse, posiblemente, en la sexta o quinta de las subdivisiones del mundo astral, o tal vez en las superiores pues sus principios se fueron preparando gradualmente para la separación y la sacudida no es, por consiguiente demasiado fuerte.

También la actitud mental, después de la muerte influencia, su estancia allá, puesto que, por la comprensión de su situación y fijando su atención en asuntos espirituales, podrá facilitar la desintegración astral y acortar su permanencia en los niveles inferiores.

En el caso de una persona por completo espiritualizada, que hubiere purificado su cuerpo astral con los constituyentes extraídos de los más finos grados de cada división de materia astral, la condición de etapa crítica mencionada arriba podrá obtenerse respecto a todas la subdivisiones de materia astral, y el resultado sería un pasaje prácticamente instantáneo a través de aquel plano, de tal suerte que recobraría su conciencia primeramente en el mundo cielo.

Un hombre menos desarrollado, pero moderado y puro, pasará a través de aquel plano menos rápidamente, si bien en un plácido ensueño, inconsciente de sus alrededores hasta que, habiendo desechado una tras otra sus envolturas astrales, despierta en el mudo celestial.

El hombre ordinario, al encontrarse en la sexta sección vagando todavía en torno a lugares y personas con las cuales estuvo en más íntimo contacto en la tierra, encuentra/a medida que pasa el tiempo, que los contornos terrestres se esfuman gradualmente y van siendo de menor importancia para él, y por lo mismo tiende más y más a modelar su medio circundante de acuerdo con el más persistente de sus pensamientos.

Cuando se han consumido todas las bajas emociones y deseos, así como los pensamientos de carácter egoísta, y el Ego en su firme proceso de concentración ha pasado allende aún de la más fina clase de materia astral, adviene un tiempo en que el cuerpo astral, no enteramente desintegrado aun, es finalmente sacudido a la hora de la muerte astral y el alma (exceptúando el caso de un hombre inusitadamente malvado que no tenga ni gota de amor o de bondad para nadie, o que se haya degradado hasta un pecado y una bestialidad irredimible), el alma tiene una especie de período gestatorio y se sumerge en un ensueño breve y apacible, una “Inconsciencia Predevachánica”,

para ser despertada por el sentimiento de una intensa bienaventuranza en aquella parte del mundo celestial a la cual pertenezca por su temperamento.

Las plegarias siempre tienen valor tanto para los vivientes como para los muertos, cuando éstas son dictadas por el amor; pero una plegaría será eficaz en proporción a la intensidad del pensamiento expresado por ella, de la pureza y fuerza de voluntad con la cual se dirige hacia la persona en cuestión, y del conocimiento que posea el que la produce.

Una oración, como un pensamiento, crea una forma, un elemental artificial, “un poder benéfico activo” que va hacia la persona para cuyo beneficio fue creada y que la ayuda en cuanto se presente la oportunidad. Esta energía puesta en fuego en el plano astral puede afectar a cualquier persona en su cuerpo astral; por tanto, es posible auxiliar y proteger a un muerto con tales formas mentales mientras él permanezca en el mundo astral.

Seguramente nos encontraremos en el mas alla con las personas amadas que os precedieron, pues el afecto actuará como un imán y nos reunirá. Si el ser amado murió recientemente, lo encontraremos en el plano astral, pero, si él abandonó la tierra hace mucho tiempo, es posible que haya pasado ya del astral al mundo celestial; y cuando nosotros lleguemos hasta aquel mundo, lo tendremos de nuevo a nuestro lado en su mejor condición posible, mediante nuestra forma o imagen mental de él, vivificada por el Ego de aquel amigo.

En el mas allá, se hallan en plena actividad aquellas partes de su cuerpo mental que usó de manera altruista durante su vida terrestre. Los pensamientos elevados, refinados y nobles, las aspiraciones inegoístas que él generó durante su vida terrestre, se agrupan entonces en tomo a él formando alrededor de sí una especie de cascarón mediante el cual puede responder a ciertos tipos de vibración en la refinada materia del mundo mental.

Estos pensamientos que lo rodean son los poderes mediante los cuales se da cuenta de la riqueza del mundo celeste, y si bien aquel mundo es un almacén de extensión infinita (toda gloria y toda belleza ya concebibles), él puede aprovecharlos exactamente de acuerdo con su capacidad de pensar sin egoísmo.

Cada una de tales formas de pensamiento es una ventana a través de la cual mira, desde su cuerpo mental, la gloria y la belleza del mundo mental. Si él ha tenido especial complacencia en las cosas físicas durante su vida terrenal, entonces apenas contará con unas pocas ventanas por las cuales tal gloria superior pueda brillar cerca de, él.

Un alma enteramente inegoísta, y altamente evolucionada, es toda ventanas, tiene plena conciencia aquí, se puede mover en su vehículo mental tan libremente como el hombre ordinario emplea su cuerpo físico, y mediante él inspecciona vastos campos de conocimiento superior que se extienden ante sí. Empero, cada hombre pudo haber tenido algún toque de sentimiento puro, inegoísta, aunque haya sido una sola vez en toda su vida, y aquel podrá ser ahora una “ventana” para él.

Todo ser, exceptuando uno enteramente salvaje en sus primitivas etapas, tendrá con seguridad algo de esta maravillosa vida de bienaventuranza. Por consiguiente y de hecho, en lugar de que algunas “almas” vayan al cielo y otras al infierno, la mayor parte tienen su etapa tanto de purgatorio como de cielo, las cuales solamente difieren en sus proporciones relativas.


Pensar pensamientos amorosos o nobles, apreciar una obra maestra literaria, o alguna adorable obra de arte en el mundo físico, es abrirse una ventana en el mundo celestial; acostumbrarse a pensamientos elevados y altruistas, es mantener’ aquella ventana siempre abierta de par en par.

Pero la condición de un hombre en el mundo celestial es principalmente receptiva, y su visión de algo fuera de su propia concha de pensamiento, es del más limitado carácter; no puede él construir nuevas ventanas, a lo largo de nuevas líneas de actividad si no tuvo interés en éstas durante su vida física.

Los pensamientos superiores pueden seguir muchas direcciones, algunas de ellas personales, como el afecto hacia una persona o la devoción a una deidad personal; y otras de ellas impersonales. Entre éstas se cuentan el arte, la música y la filosofía; y un ser, cuyo interés haya girado alrededor de estas líneas encuentra inconmensurable goce e ilimitada instrucción, es decir, la cantidad de júbilo y de conocimientos quedará limitada tan sólo por su poder de percepción.

Como un trabajador que regresa al hogar con su salario del día, el hombre extrae del Devachán tanto cuanto se haya preparado a obtener por sus esfuerzos durante la vida terrenal.

En este plano existe la infinita plenitud de la Mente Divina, abierta en todo su ilimitado influjo para toda alma, justamente en la proporción en que aquella alma se hubiere calificado a sí misma para recibir. Es un mundo cuyo poder de respuesta a las aspiraciones del hombre está limitado solamente por la capacidad de éste para aspirar.

En el oriente se dice que cada ser trae consigo su propia copa; que algunas son grandes y otras pequeñas; pero que cada copa, grande o pequeña, será colmada hasta el máximo de su capacidad; aquel océano de bienaventuranza contiene mucho más de lo que es necesario para todos.

Las imágenes mentales (o formas de pensamiento) inegoístas que hayan existido como semillas en el .cuerpo mental, comienzan a manifestarse como árboles en el Devachán, de tal suerte que cuando un hombre hubiere formado muchas imágenes mentales, ya fuere por su aspiración al conocimiento, o por altruista .deseo de ayudar a la humanidad, (por más que tales imaginaciones hayan sido consideradas en el mundo como castillos en el aire) se materializan ahora en la materia más fina del mundo mental y el hombre se encuentra allí haciendo cada cosa de acuerdo con sus deseos.

Siendo la materia mental más sutil que la materia física, los pensamientos son cosas en el mundo mental o celeste; y mediante el poder del pensamiento, cada uno crea en los cielos su propio mundo de acuerdo con sus deseos. Tal como son los pensamientos de un hombre, así es su Devachán, o cielo y como no son iguales los pensamientos ni de dos personas, sus cielos deben, por consiguiente, ser diferentes.

Sin embargo, como cada uno se encuentra allí a cada momento exactamente de acuerdo con su deseo, todos son extremadamente dichosos. si bien disfrutando de diferente grado de felicidad.

Además, si los goces celestiales fueren tan sólo de un tipo particular, como lo sostienen las teorías ortodoxas, siempre habría algunos que pronto se cansarían debido a su falta de habilidad para participar de estos goces, ya fuere por. encontrar gusto en cierta, felicidad particular, o por ralla de la necesaria educación. Y así el cielo de un hombre no puede ser impuesto a todos los demás, de igual manera que un individuo de los arrabales no puede sentirse dichoso en el glorioso ambiente de un artista, pues lo que ocasiona felicidad a uno puede no ocasionarla en manera alguna a otro.

El hecho es que cada uno crea su propio cielo por sus propias formas de pensamiento, por la selección que hace en los esplendores inefables del pensamiento de Dios Mismo. Por las causas que él mismo engendró durante su vida terrenal, decide, para si mismo, tanto la duración como el carácter de su vida célica; por lo tanto tendrá exactamente la cantidad que ha merecido, y exactamente la calidad de goce que sea él más a propósito para sus idiosincrasias.

He aquí él único arreglo imaginable que puede hacer feliz a cada uno hasta él máximum de su capacidad para serlo.
De todos quienes entran a aquel mundo, los niños son los más dichosos y los que por completo se sienten como en su casa. No pierden a sus padres, hermanos, hermanas, ni a los compañeros de juego a quienes amaron; sencillamente los tienen cerca de sí para jugar con ellos durante lo que nosotros llamamos noche, en lugar del día, de tal suerte que ellos no resienten ni pérdida ni separación.

Si un ser ama a otro con amor profundo y altruista, crea una fuerte forma de pensamiento o imagen mental de aquel amigo o pariente, y naturalmente lleva consigo aquella imagen al mundo celestial, ya que tal amor, en virtud de su carencia de egoísmo, pertenece a aquel nivel de materia. La fuerza de tal amor es suficientemente poderosa para actuar sobre el Ego del amigo en la parte superior de su cuerpo mental, porque es el Ego o el alma y no el cuerpo físico lo que el ser amó con amor puro. Ahora bien, el Ego del ser amado, sintiendo aquella vibración, responde súbitamente a ella, y se infunde a sí mismo en aquella forma de pensamiento creada por el residente del Devachán.

Por consiguiente, en el mundo celestial cada ser tendrá siempre alrededor de sí a todos los amigos y parientes que deseare y éstos se le presentarán siempre bajo su mejor aspecto, ya que entonces se hallan dos etapas más cerca de la realidad que cuando habitaron en las limitaciones del cuerpo físico. Esta misma observación tiene valor cuando se trate de un hombre cuya inspiración hubiere sido la devoción hacia una deidad personal; la deidad estará siempre presente ante el muerto mucho más vividamente que en el plano físico.

Un muerto, en el cielo no espera mi observa a sus amigos y seres queridos que están sobre la tierra porque no podría ser dichoso en el cielo si mirase hacia la tierra y viese que los seres que ama están llenos de pesares o cometiendo algún pecado.

Tratándose de esperar, no mejora mucho el caso, pues entonces él tendría un largo y cansado período de espera, que a veces se extendería durante años, pudiendo suceder que el amigo llegase tan cambiado que ya no le fuere agradable su compañía. Pero, de acuerdo con el arreglo natural, todas estas dificultades se evitan, y aquéllos a quienes el muerto amó se encuentran siempre con él y siempre bajo su aspecto más noble y mejor, ya que no podría acaecer ningún cambio o discordia entre ellos puesto que él recibe de Dios, en todo tiempo, exactamente lo que espera.

La vida en el Devachán es de asimilación y las formas-pensamiento de las aspiraciones o de experiencias mentales y morales, acumuladas en la tierra, son entretejidas en el carácter del alma como facultades mentales y morales, y llegan a ser los poderes y las cualidades, las capacidades y tendencias, para su próxima vida sobre la tierra.

Al final de la vida celeste que dura diferentes períodos, terminada una ronda de su peregrinación, el Pensador reside por algún tiempo en su propia patria nativa; el alma aquí no necesita “ventanas”, pues todas las paredes se han desvanecido; pero como la mayoría de los hombres tienen tan sólo una oscura conciencia de sus alrededores en estas alturas, descansan allí por un poco de tiempo, apenas conscientes, pero asimilando sin embargo los pequeños resultados de la reciente vida terrestre.
Con todo, si el hombre está ya desarrollado, su vida en el nivel “Arupa” es mucho más larga, rica e intensa, ya que su cuerpo causal crece y se organiza mejor; y él retoma a la vida terrestre con un conocimiento mayor y con un poder más efectivo para ayudarse a sí y ayudar a los demás.

La duración de la estancia de un ser en el mundo mental superior, depende de su etapa evolutiva, lo mismo que de su profundo pensar y noble vivir durante la vida terrenal. Sin embargo, para todo hombre, por menos que haya progresado, adviene un momento de clara visión antes de su retorno a la tierra, y entonces ve él su vida pasada con las causas que tendrán que ser elaboradas en el futuro, y, mirando hacia lo porvenir, ve también su próxima encarnación que lo espera con sus posibilidades y oportunidades.

Entonces las nubes de la materia se cierran sobre él y oscurecen su visión, y principia un nuevo ciclo de otra encarnación con el despertar de los poderes de la mente inferior a través de Tanha, la sed ciega por la vida manifestada.
Fuente http://www.rama-rakoczy.org/Cursoteo7.htm#cap.7

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