¿QUE ES EL MAL?

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¿Qué es el mal?, ¿De donde proviene? son algunas de las preguntas que muchos pensadores a lo largo de la historia de la humanidad han intentado responder. Entre ellos, San Agustín de Hipona, uno de los más destacados exponentes de la filosofía cristiana. En su obra “Del Libre Albedrío” expone el problema del mal. Fue uno de los grandes desafíos, que se impuso durante toda su la vida.

La mayoría de los pensadores de la antigüedad, apoyándose en la dualidad del universo, indicaban que el problema del mal era la existencia de un principio contrario al bien. es decir la existencia de un segundo, el Diablo, un Dios, representante del mal, que domina la materia. En la Biblia, Gálatas 5:17, dice: porque el deseo de la carne es contra el Espíritu y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisierais

La idea de la existencia de la carne, o la materia como el opuesto del Espíritu y por lo tanto responsable del mal, es rechazada por San Agustín de Hipona, pues dice que teniendo en cuenta que la materia es obra de Dios es imposible de que tenga negatividad: “Creemos que hay un solo Dios y único Dios y que de El procede todo cuanto existe y que, no obstante, no es Dios el autor del pecado. Sin embargo, si el pecado procede de las almas que Dios creó, y las almas vienen de Dios,¿cómo no referir a Dios el pecado, siendo tan estrecha la relación entre Dios y el alma pecadora”

Para San Agustín, el mal es un no ser, carencia del ser, es decir, no es sustancia, pues si así fuera se presentarías dos situaciones : si lo fuera estaríamos hablando de una substancia incorruptible, sinónimo de un gran bien y una substancia corruptible, por lo cual el bien en cuestión no podría entrar al campo de lo corruptible. Es importante comentar que porque el mal es no ser no estaría Dios como su autor, pues nació de la nada y, en consecuencia, la divinidad no es ser de la nada.

Hay que distinguir entre el mal físico y el mal moral. El primero se origina cuando se cruzan y “chocan” fuerzas físicas y químicas que existen independientemente de nuestro querer. Si conociésemos todas esas leyes se podrían evitar muchas catástrofes, pero es claro que no siempre controlamos todo lo que va a ocurrir (el rayo que caerá cerca de casa, la bacteria que se difunde por todos lados, el mosquito que transmite la malaria, el terremoto que derrumba cientos de casas).

Existe otro mal que depende de cada uno: el mal moral. Este mal nace cuando usamos nuestra libertad no para hacer el bien, sino para buscar un fin egoísta que implica dañar a otros. Este mal es la fuente de muchos dolores y angustias de la humanidad. Dios, sin embargo, no puede impedirlo, pues, de lo contrario, tendría que quitarnos la libertad.

Desde luego, es muy alto el riesgo que nace de esa libertad, pues permite que puedan existir hombres como Hitler, Stalin o Mao. Pero no hemos de olvidar que esa misma libertad es la que hace que puedan existir también un Francisco de Asís, una Madre Teresa de Calcuta, un Papa Juan Pablo II. A cada uno le toca decidir de qué lado se va a colocar en la historia de la lucha entre el bien y el mal. Desde que Cristo vino al mundo, la opción por el bien es posible para todos: basta con dejarnos tocar por su amor redentor.

EL MAL MORAL ES EL PECADO:

Si la denominada voluntad realiza lo que por naturaleza le corresponde, es decir, dirigirse hacia el bien no estaríamos en presencia del mal; pero, en ocasiones, hay una especie de una mala voluntad que, dentro de la gran variedad de bienes existentes en el mundo, elige el que se aleja de Dios, transformándose en un no ser. Esta voluntad no es sinónimo de mal por dirigirse a las cosas negativas sino porque no respetó el designio divino.

La ambición, el deseo de asegurar la felicidad y la comodidad de aquellos que amamos, obteniendo honores y riquezas, son sentimientos naturales loables, pero cuando estos transforman al hombre en un desalmado ambicioso, explotador y cruel, en un avaro, en un ególatra egoísta, traen sufrimiento indecible a los que están a su alrededor; tanto a las naciones como a los individuos.

Por tanto, la ambición desmedida de riqueza, la envidia, el odio, el egoísmo y muchas otras cosas más que perjudican a los demás, se convierten en el origen y causa del mal, sea por su abundancia o por su ausencia. Conviértete en un glotón, un libertino, un tirano, y serás el causante de enfermedades, de sufrimientos humanos y de miseria. Carece de todo esto y te morirás de hambre. . . Por lo tanto no es a la naturaleza o a una Deidad imaginaria a la que hay que culpar, sino a la condición humana envilecida por el egoísmo”.

Adolf Hitler es el hombre que para la mayoría de las personas mejor “encarna” la idea del mal en el mundo. Mucho se ha dicho sobre la maldad de Hitler, si esta es el resultado de las vicisitudes de su vida (un científico incluso la ligó a un mordedura de mosquito que le habría producido encefalitis en la Primera Guerra Mundial) y de una complicada historia psicológica que de alguna manera determinó que fuera así, en todo su maligno poderío.

Se ha mencionado también que esta maldad debe de ser el resultado de la influencia de fuerzas ocultas, demonios o extraterrestres (¿y cómo juzgar la  moralidad de estas entidades?), que lo usaron para intentar materializar un oscuro plan de destrucción (involucrando una antigua batalla entre deidades y pueblos perseguidos o escogidos).

Otra posibilidad, a veces manejada, es que Hitler, un hombre inteligente en ciertos aspectos, haya sido la encarnación del mal definitiva, justamente porque decidió voluntariamente obrar así, sediento de poder y ambición y albergando un profundo odio.

Hitler evidentemente no consideraba que lo que estaba haciendo era malo, por el contrario, bajo su perversa moral, lo que hacía era por un bien ulterior superior. Lo que vemos entonces es que las ideas y los patrones de pensamiento que se afianzan en el cerebro bajo ciertas condiciones psicológicas llevan a los hombres a obrar de forma tal que si bien la mayoría de la sociedad considera sus actos malignos, esos pensamientos les hacen creer, o los programan para pensar, que lo que hacen está bien. (Parece hasta cierto punto evidente que una idea no contiene en sí misma la semilla del mal, a pesar de que en cierto terreno mental puedan germinar “actos malos”).

Las miles de personas que apoyaron los actos de Hitler, tenidos generalmente como malignos, probablemente, neurofisiológicamente, contaban con las características para ser programados para apoyar una serie de actos totalitarios pero, del otro lado de esta dicotomía, para realizar actos de bondad —si acaso hubieran escuchado una poderosa voz en la radio y atendieran a eventos masivos orquestados con un alto poder propagandístico que fomentara este “bien”.

Hay que preguntarnos también si la maldad —incluso los actos radicales de Hitler— es juzgada así solo por una convención social o existe más allá de este juicio de valor contextual. Ciertas sociedades habrían juzgado correcto esclavizar y asesinar a miles de personas (sociedades que fuimos nosotros) con el fin de hacer un bien mayor (bajo una moral revelada supuestamente por un ser superior). ¿Cómo saber que nuestros actos —por ejemplo, construir automóviles, quemar petróleo o comer pollo— no les parecerán malignos a una sociedad futura? Aunque también se podría argumentar que hemos y estamos evolucionando —y el mal es lo que se deja atrás con la evolución: aquello que la conciencia deja de admitir.

El mal o el pecado es aquello que mantiene al hombre amarrado en un punto cuando ha decidido moverse e iniciar el camino hacia la Divinidad. Los pecados solamente existen para las gentes que están en El Camino, o que se están acercando a él. El pecado es aquello que detiene al hombre, que lo paraliza para alcanzar este propósito.

 

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